Jamás cupo en mi alma, señor, tamaña belleza y verguenza como en aquel momento.
Pues debo confesaros, que a la vista de su figura, mi corazón se paró en seco y mi pecho exhaló loores sobre su plumaje oscuro.
Valieron mil parpadeos en una lagrima y un baile con el viento en ese instante.
Valió cualquier suspiro naranja por una caricia.
Bajo las aguas, cabalgan maravillas en las más traicioneras corrientes, y sobre ellas; desfila el hermoso cisne negro que tuvo este humilde servidor la dicha de contemplar aquella tarde, casi al ocaso.
Comprenda pues mi verguenza, al ver a este pobre payés reflejado en aguas del medievo, a orillas de su imagen.
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